lunes, 13 de noviembre de 2017

LA LAGUNA NEGRA (Leyenda) - Relato Ganador de la X edición del Premio de Relato Corto del Ayuntamiento de Castellón



1
Cuando tenía ocho años, a Miguel, el Renacuajo, le gustaba salir a pasear por el bosque. Una tarde, mientras caminaba sin rumbo, descubrió un lugar de una belleza extraordinaria. Era un paraje solitario situado en el valle de la montaña, con una vegetación exuberante y una atmósfera mágica. Allí, las rocas se retorcían alrededor de una laguna, formando un recoveco sombrío que asemejaba una gruta. Al atardecer, los últimos rayos de sol se proyectaron sobre el agua, creando un bello efecto óptico que parecía convertir la superficie en un espejo. Cuando vio este fenómeno, Miguel, el Renacuajo, se apoyó en las rocas de la orilla y admiró su propio reflejo en el agua. Pensó que su rostro en la laguna resultaba mucho más real que en el espejo de su habitación. Y fue entonces cuando vislumbró imágenes en movimiento bajo las aguas, imágenes de paraísos lejanos, de antiguos imperios perdidos, de grandes y sangrientas batallas, de bellas reinas ataviadas con mantos dorados y piedras preciosas. Sin duda, aquel lugar ejercía una poderosa influencia sobre su joven y desbocada imaginación. Miguel, el Renacuajo, pasó las horas contemplando ensimismado el fondo de la laguna, tratando de encontrarle sentido a toda esa amalgama visual que brotaba bajo sus pies. Y ese día decidió que la laguna era un lugar especial, y que a partir de entonces lo visitaría a diario.  
Ya hacía tres años que Miguel, el Renacuajo, vivía en la montaña bajo la tutela de la señora Josefina, su malhumorada y severa tutora. Corrían tiempos difíciles para la familia. La muerte del señor Bastida durante la contienda nacional había llenado la despensa de miseria y pan duro. Para entonces, comer cada día se había convertido en el privilegio de unos pocos.
—Vuelve antes de que anochezca —le ordenó la señora Josefina.
Aquella tarde, tras despedirse de ella, Miguel, el Renacuajo, salió del viejo caserón y, como cada día, recorrió con entusiasmo el intrincado camino que descendía a la laguna. Llegó una hora antes de la puesta del sol, pues a finales de agosto el día acortaba y las sombras ganaban terreno con facilidad. En aquella ocasión se llevó una gran sorpresa, pues se encontró a una joven en el mismo lugar en que solía sentarse él. Era una chica muy bella, de largos cabellos dorados y unos ojos negros como dos oscuros pozos sin fondo. Vestía ropajes de largas telas blancas que flotaban sobre el agua, y tras sus labios asomaba una hilera de dientes que brillaban como perlas.
—¿Quién eres? —le preguntó Miguel.
—Soy tu destino.
La joven arqueó una sonrisa enigmática, posó su dedo índice sobre la superficie del agua y, de pronto, esta se volvió del todo transparente.
—¿A dónde te gustaría ir? —le preguntó ella.  
Miguel la miró fijamente a los ojos.
—Lejos —contestó.   
De esta manera, la laguna se iluminó como una bola de cristal y, cuando se quiso dar cuenta, Miguel, el Renacuajo, se encontraba en mitad del caluroso desierto, frente a unas pirámides monumentales y una esfinge sin nariz. Permaneció boquiabierto durante unos segundos. No podía creer lo que veían sus ojos. Tras un nuevo destello de luz, apareció dentro de una gigantesca gruta helada en los confines del mundo, no sin antes sobrevolar a gran velocidad las fulgurantes estrellas de una constelación perdida. Y así pasaron la tarde, viajando de un lugar a otro del universo, descubriendo territorios recónditos sin moverse siquiera de la orilla, tan sólo admirando el interior de la laguna. La misteriosa joven apenas le dirigía la palabra, se limitaba a posar su dedo sobre el agua y a contestar algunas dudas que, de vez en cuando, le surgían a Miguel con respecto a aquellos exóticos lugares, guiándole a través de las imágenes que se materializaban nítidamente en el fondo. Unas imágenes que, por alguna extraña razón, ella conocía a la perfección.  
Miguel, el Renacuajo, regresó al día siguiente, y al siguiente, y al otro, y así durante toda una semana, y siempre encontraba a la joven sentada en el mismo lugar, sobre la roca, junto a la laguna. Y cada tarde viajaban juntos a nuevos territorios. Miguel mantuvo aquellos encuentros en secreto. Decidió no hablarle de ello a la señora Josefina para no llamar su atención. Aquellas aventuras eran demasiado mágicas para compartirlas con alguien, y mucho menos con su tutora, que era especialista en romper la magia de la vida cotidiana. Pero entonces llegó la última tarde del mes de agosto.
—Se me acabó el tiempo —le dijo la joven de la laguna—, hoy será mi último día aquí, ya no me verás más.
—¿Por qué? —preguntó Miguel con el semblante entristecido.
—Debo regresar al lugar de donde vengo.
Miguel, el Renacuajo, se aferró a los pliegues blancos de su falda.
—Déjame ir contigo.  
La joven posó la yema del dedo sobre el agua y bajo ella surgió una gran ciudad. Pero esta no era una ciudad cualquiera. Tenía el aspecto de una gigantesca metrópolis fortificada, pero adaptada a un medio de vida subacuático, muy diferente al de los humanos. Miguel, el Renacuajo, pudo contemplar a sus habitantes, unos seres de piel verdosa y aspecto insólito que veneraban con ímpetu a una criatura fantástica, una suerte de dios monstruoso con cabeza de pulpo que se mecía solemne en las profundidades.    
—Déjame ir contigo —insistió Miguel.
—Para venir conmigo tienes que atravesar las aguas y cruzar el abismo —le contestó ella.  
—Lo haré, déjame ir contigo, por favor. Es lo único que deseo.
El reloj de cuco dio las doce de la noche en el salón comedor. Miguel, el Renacuajo, no había regresado a casa. La señora Josefina, preocupada, organizó una batida con la ayuda de los vecinos. Bien provistos de linternas y lámparas barrieron el monte por completo. Miguel no apareció hasta bien entrada la madrugada, en el bosque, cerca de la laguna. Lo hallaron empapado junto a unas zarzas, con el rostro pálido y la expresión fatigada. Parecía haber tragado mucha agua, pero estaba vivo. Miguel, el Renacuajo, pasó la noche sollozando en la cama, suplicando con todas sus fuerzas que le dejaran ir con su amiga: la dama de blanco.
A la mañana siguiente Josefina no se hizo de rogar: hizo las maletas y cerró el caserón para regresar con su hijo a la ciudad, donde se instalaron en una pensión. Miguel no volvió nunca más a la laguna. Por alguna casualidad del destino, Josefina recibió una buena oferta y vendió el caserón a los pocos meses, rompiendo todos los vínculos con el lugar, y con el tiempo, Miguel, el Renacuajo, borró aquel incidente de su memoria como el niño que suprime de su consciencia los recuerdos horribles que poblaron su infancia.


2


Los años del hambre quedaron atrás y Miguel, el Renacuajo, se convirtió en el señor Miguel. La vida pasó muy deprisa, tan deprisa como la señora Josefina le había anunciado que pasaría antes de que la vida pasara deprisa. A grandes rasgos, se puede afirmar que la suya fue una existencia feliz, colmada de gozos y satisfacciones, pero también surcada por oscuras e interminables búsquedas. El señor Miguel conoció a muchas mujeres en la ciudad, y allí se compró una casa con muchas habitaciones, se casó, se separó, lloró las pérdidas, tuvo varios trabajos e hijos, y al alcanzar la madurez, en algún momento indeterminado entre finales del siglo XX y principios del XXI, decidió convertirse en peregrino. Lo hizo para conocer mejor el mundo, pero sobre todo para conocerse mejor a sí mismo. Y un día, mientras caminaba por tierras sorianas en dirección a Compostela, se topó con un viejo ermitaño que aseguraba leer el futuro de los caminantes en las líneas de la mano.
—Dígame señor, ¿a dónde se dirige usted? —le preguntó el ermitaño, tras analizar su palma con detenimiento.
—Voy a venerar las reliquias del Apóstol.
—En ese caso, le advierto de que se ha desviado del Camino. Para ir a Santiago debe caminar siempre hacia el oeste, y usted se dirige al norte.
El señor Miguel sonrió con picardía.
—Tiene usted razón, me temo que me ha descubierto. Lo cierto es que me he desviado hacia el norte porque me dirijo al valle que discurre entre aquellas montañas. Allí visitaré el viejo caserón donde vivía cuando era niño, y después, con la ayuda de Dios, retomaré el Camino a Santiago de Compostela.
El anciano abrió los ojos aterrorizado.
—No vaya allí, señor. No se desvíe del Camino y siga hacia Compostela.
—No lo entiendo —dijo el señor Miguel—. ¿Por qué me dice eso?
—Esas montañas albergan muchos peligros —susurró el anciano.   
—Pero ahora no puedo abandonar —replicó el señor Miguel—, me había propuesto visitar el hogar de mis antepasados.  
—En ese caso, hágalo, pero nunca se aleje del camino principal —prosiguió el anciano—, y por lo que más quiera, evite atravesar los senderos del valle, y sobre todo, nunca cruce el camino de la Laguna Negra.
—¿El camino de La Laguna Negra? —preguntó el señor Miguel, intrigado—. ¿A qué se refiere?
—Los habitantes de estas tierras sabemos que en el fondo de la Laguna Negra habitan espíritus malignos, seres primigenios sedientos de almas humanas. La leyenda cuenta que multitud de caminantes se han perdido por los alrededores del lugar, y que sus aguas oscuras se tragan sin piedad a todo aquel que osa bañarse en ellas.      
Pero el señor Miguel no creyó las palabras del ermitaño, achacando su actitud a la mera superstición popular. Al contrario, caminó durante toda la tarde por aquel bosque de hayas y pinos centenarios, y así, siguiendo las referencias familiares, llegó hasta el viejo caserón donde vivió con su tutora cuando solo era un niño. Apenas tenía recuerdos de uno de los lugares más emblemáticos de su infancia, pero una emoción escurridiza en su interior le decía que, a pesar de la restauración, todo continuaba igual que entonces.
Paqui, la señora que regentaba el caserón, reconvertido ahora en albergue, le invitó amablemente a hospedarse aquella noche. Tras presentarse, el señor Miguel quiso visitar la que una vez fue su habitación, y acabó instalándose allí debido a la insistencia y cordialidad de la nueva regente, que le trató en todo momento como si aquel aún fuera su hogar. Por la noche cenó con ella e intercambió opiniones y anécdotas de la jornada. Y resultó que Paqui también había oído hablar de las aterradoras historias del ermitaño.     
—Aquel anciano le ha hablado de la Laguna Negra. Es una leyenda popular en esta zona, pero me temo que no son más que fantasías. Los padres les cuentan esta historia a sus hijos para que no se acerquen allí a jugar, ya que temen que caigan en su interior y se ahoguen en sus aguas.
Aquella noche, después de cenar, el señor Miguel se acostó y tuvo una terrible pesadilla que atribuyó a las habladurías del anciano. En el sueño visitó una ciudad sumergida bajo las aguas, una ciudad poblada por unos seres ancestrales que pretendían arrastrarle a las profundidades.
A la mañana siguiente, aún aturdido, se despidió de Paqui y tomó un camino abrupto que descendía por el valle de la montaña. El señor Miguel caminaba despacio, tanteando el terreno irregular con su báculo. Y allí, desde lo alto de una colina, vislumbró el brillo del agua correteando.   
Y entonces, una especie de mecanismo oculto se disparó en su memoria. Un recuerdo que había permanecido enterrado en su inconsciente durante décadas. Allí estaba, igual que siempre. El rincón más secreto de su infancia. El mismo que en su día desencadenó una oleada de fantasía y vitalidad en su interior sin precedentes. El señor Miguel descendió hasta el agua emocionado, se arrodilló en la orilla y se empapó el rostro para sentirse más unido a la naturaleza. Sintió una felicidad sin límites, miró al cielo, sonrió y se dejó caer de espaldas sobre la hierba.
Al atardecer, el cielo fue cubriéndose de nubes y un fuerte viento comenzó a doblar las copas de los árboles. El señor Miguel se dijo a sí mismo que había llegado la hora de retirarse, cuando de pronto, una voz susurrante que parecía traída por el viento, le habló:
—Por fin has regresado.
El señor Miguel se incorporó y vio a la dama de blanco sentada sobre la roca, en la misma posición en que la había visto por última vez.
—¿Por qué? —se limitó a preguntar él.
La dama dejó escapar una sonrisa arcana.
—Por qué, por qué. La eterna canción de la humanidad.
El señor Miguel se puso en pie frente a ella.
—¿Por qué sigues atormentando mis recuerdos?
—Porque me amas.
—No, no es cierto —dijo él—, no te amo. Ya no.  
—¿No me amas? Entonces, ¿por qué has regresado? ¿Qué es lo que te ha traído de nuevo hasta aquí?
El señor Miguel enmudeció al tiempo que observaba hipnotizado sus oscuras pupilas.
—El destino —balbuceó.
—Ven, ven conmigo. Yo te daré la felicidad que tanto has anhelado.
El sol se ocultó tras la montaña, y la tormenta comenzó a descargar con furia bajo un mar grisáceo de relámpagos. El señor Miguel avanzó lentamente hacia la dama. De pronto, sintió unos finos brazos que se enroscaban alrededor de su cuerpo. Un suave abrazo de sudario. Un aliento de corales. Unos labios fríos como el hielo. Un beso de mariposas y arañas. El señor Miguel perdió la consciencia y con ella el equilibrio, cayendo así al interior de la laguna. Las aguas se abrieron súbitamente y se tragaron su cuerpo sin dejar ningún rastro, salvo el de las ondas en la superficie, que fueron visibles durante unos segundos antes de desaparecer para siempre en la orilla.




jueves, 14 de septiembre de 2017

TRAS LOS PASOS DE BÉCQUER



Este verano he visitado dos lugares ligados a la figura de uno de mis autores favoritos: Gustavo Adolfo Bécquer. El primero de ellos en pleno corazón de Madrid. El segundo, en un solitario rincón de la provincia de Zaragoza.


Aquí, en alguno de estos balcones de la calle Libreros de Madrid, Gustavo Adolfo Bécquer vio por primera vez a Julia Espín, la musa que inspiró sus famosas rimas. Ella era una cantante de ópera bastante estirada, una joven de la alta sociedad que no le hizo ni caso porque él era un simple poeta, un muerto de hambre. Él, por su parte, escribió algunos de los versos de amor más importantes de la poesía española.


El monasterio de Veruela es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Un enclave lleno de misterio y romanticismo en el que el mismo Bécquer vivió entre 1863 y 1864. Allí fue donde escribió sus famosas Cartas desde mi celda y buscó inspiración en pueblos cercanos como Trasmoz, conocido por sus leyendas sobre brujas. Sin duda, el paso del autor por este monasterio dejó huella, prueba de ello es la exposición que alberga sobre su vida y obra.

 





jueves, 1 de diciembre de 2016

EL AUTOBÚS DE LA MEDIANOCHE - Relato Ganador de la IX edición del Premio de Relato Corto del Ayuntamiento de Castellón

En una zona remota de la Mancha, durante los tiempos de la posguerra, tuvo lugar un extraño suceso cuyos ecos aún resuenan en el folclore popular. Aniceto Contreras, un anciano bondadoso a la par que misterioso, me contó esta historia en la posada de un pequeño pueblo de cuyo nombre, como diría Cervantes, no quiero acordarme. Ambos estábamos sentados en la terraza tomando una taza de té. Ante nosotros se extendían las áridas llanuras que Machado describió tan bien en sus poemarios. Poco antes de que el reloj diera las seis, el sol del atardecer se posó en el horizonte arrasando el paisaje con su candidez incendiaria. Aquel hombre de campo había vivido la mayor parte de su vida en el siglo XX, por lo que la modernidad de las ciudades en la era de internet le era del todo desconocida. De hecho, a sus ochenta y cinco años, parecía desconfiar de cualquier artilugio que no sirviese para trabajar la tierra. He de reconocer que los relatos que me narró aquella tarde fueron realmente entretenidos, todos ellos repletos de humor y sabiduría. Por lo que a mí respecta, había decidido pasar el fin de semana en la soledad de aquellos parajes en busca de una historia que valiese la pena. Y sin duda la encontré cuando Aniceto, que también era una persona muy religiosa, me habló de aquella siniestra leyenda del autobús.        
—Debe usted saber algo, don Manuel: cuando un autobús aumenta bruscamente la velocidad y supera la barrera de los ochenta kilómetros por hora, ya no hay vuelta atrás. Es la maldad personificada la que se sienta al volante. Si alguna vez tiene la ocasión de presenciar un suceso de tales características, espero por su propio bien que usted no sea uno de los pasajeros. De lo contrario, santígüese y rece todo lo que sepa.
Miré sorprendido a aquel anciano mientras sorbía mi taza de té.  
—No le entiendo, señor Aniceto. ¿Por qué me dice eso?
—Porque el conductor será el mismo diablo, y su última parada en el infierno.
Aniceto permaneció sereno. No estaba bromeando.    
—Usted verá pocos autobuses por estas tierras —continuó.  
—Bueno, tiene usted razón —dije—, pero eso se debe a que los autobuses circulan lejos de aquí, por la autovía, y allí sí que alcanzan los ochenta kilómetros por hora, e incluso los superan. ¿No cree?
Aniceto permaneció pensativo unos instantes.
—Creo que no comprende lo que trato de decirle. Aquí no hay autobuses porque nadie quiere subirse a uno. Preferimos la bici o el ciclomotor para desplazarnos. Incluso yo me muevo a veces en tractor. Es más seguro.
—Pero, ¿acaso un autobús no es seguro? —pregunté.
—Mire, hay hechos que nunca podrán ser explicados y que sin embargo son ciertos, tan ciertos como que el sol se pondrá en menos de una hora.
—¿Por qué no me explica esos hechos?
El anciano se quitó las gafas y se limpió los cristales con el pañuelo, se las colocó de nuevo, tragó saliva y me dirigió una mirada en la que vi asomarse algo parecido al miedo. Luego señaló con su dedo índice hacia el paisaje yermo:
—Don Manuel, ¿ve usted aquellas lejanas colinas junto al campo de cereales? Tras ellas se extienden kilómetros y kilómetros de tierras baldías, tierras que no albergan más que un mar de piedras y desolación. Por allí, no ha mucho tiempo que circulaba una antigua carretera comarcal, hoy abandonada y carcomida por la maleza. Aquella carretera era una vía de conexión entre los pueblos de la zona, fue reconstruida después de la Guerra Civil y durante años fue muy transitada. Había pocos coches en aquella época, no como ahora, y es por eso que el transporte público nos era de gran ayuda a todos los habitantes de la comarca. En aquel entonces, el medio de transporte más común en el pueblo, como ya habrá podido adivinar, era el autobús.
—Entiendo. ¿Y por qué ahora no lo es?
—Hubo un hombre que lo cambió todo. Se llamaba Eladio Contreras.
—Veo que se apellida igual que usted. ¿Eran parientes?
—En efecto, es usted muy observador. Eladio era mi tío, y era un auténtico superviviente de la guerra. Eladio había participado durante dos semanas en la Batalla de Belchite. Si no murió allí fue porque Dios no quiso. Le faltaban dos dedos en una mano, tenía restos de metralla y cicatrices por todo el cuerpo. Sin embargo, la cicatriz más grande que le dejó la guerra quedó grabada en otro lugar: en su corazón.
—Entiendo. Fue muy dura la guerra —dije.
Hice aquella afirmación como si yo mismo la hubiera vivido en mis propias carnes, y me sentí avergonzado por un instante. Entonces vi como Aniceto se emocionaba, humedeciendo los ojos.
—Nos lo contó la misma noche que regresó al pueblo. Yo era un niño de apenas diez años, pero aún recuerdo su rostro pálido como el de un fantasma. Nada más entrar en casa se echó a llorar en el suelo de la habitación. Mi padre le ayudó a tumbarlo sobre el camastro. Cuando se tranquilizó estaba temblando. El destino había sido cruel con él.
—Todas las guerras son crueles.
—No hasta ese punto. Cuando matas en el campo de batalla matas por la patria, matas por unos ideales. Pero Eladio tuvo la mala fortuna de acometer un acto atroz y deleznable. Durante la toma del pueblo, tras los bombardeos de la aviación republicana, comenzaron los combates casa por casa. Él se vio involucrado en uno de ellos. Mientras perseguía a un soldado franquista al que se la tenía jurada, se introdujo a oscuras en el sótano de una vivienda. Al bajar por las escaleras escuchó unos gritos. Mi tío, asustado, abrió fuego a discreción con su fusil de asalto. Disparó hasta vaciar el cargador. Poco después, el soldado franquista, que por lo visto aún vivía, encendió su linterna y alumbró la estancia. El panorama que encontró allí fue aterrador. Una docena de niños acurrucados en el suelo, sangrando, malheridos. ¡Muertos!
Me quedé callado, aturdido ante aquella historia tan cruel.  
—¿Qué pasó después? —pregunté.
—Eladio soltó el fusil y cayó al suelo de rodillas.
—¿Y por qué no aprovechó el soldado franquista para matarle?
—Porque le hubiera hecho un favor. Eso es lo que mi tío hubiera querido, morir allí y descansar para siempre junto a aquellas pobres almas. Pero no, el soldado franquista le miró fijamente a los ojos y le dijo una frase que bien pudo tratarse de una maldición: “vivirás, vivirás para que el resto de tus días sean un infierno”. Eladio logró salir con vida de Belchite. Después de aquella desgracia regresó aquí, al pueblo, e intentó suicidarse en dos ocasiones, sin éxito. La soga en el árbol se rompió, y la bala se encasquilló.
—Por lo que usted me cuenta, Eladio combatió en el ejército republicano. Siendo así, ¿cómo consiguió permanecer en el país después de finalizada la guerra? ¿Cómo pudo regresar aquí a Castilla sin ser cazado y ajusticiado por la guardia franquista?
—Gracias a la familia, que habíamos sido fieles a la causa nacional. Nosotros fuimos capaces de ofrecerle protección. Si no llega a ser por la ayuda de la familia, su lealtad a la República le hubiera llevado directamente a una cuneta.
Me encendí otro cigarro y contemplé el sol rojizo, que brillaba más bajo. 
—Es una historia que pone los pelos de punta.
—Pues no ha hecho más que empezar.
—Siga, por favor.
—Usted se preguntará qué tiene que ver este episodio con lo que le explicaba anteriormente. Pues bien, es fácil de entender. Eladio, tras la guerra, se estableció aquí, en el pueblo, a salvo con su familia. Aquí ya no tuvo tiempo para pensar en las ideas del rojerío. Bastante hizo al seguir viviendo con aquella pesada carga sobre su conciencia. Gracias a mi padre, que en paz descanse, consiguió un empleo que le permitiría vivir con una cierta normalidad. Aquel empleo era, como usted ya podrá imaginar…
—Déjeme adivinar. ¿Conductor de autobús?
—Así es. Como le digo, el autobús fue un medio de transporte habitual durante la posguerra. Cada día salía uno desde la Plaza Mayor, frente al cuartel —dijo, señalando con el brazo hacia el interior del pueblo—. Eladio había conducido una camioneta durante la guerra, sabía llevar bien un volante, así que no tuvo ninguna dificultad en pasar las pruebas e incorporarse al trabajo. El problema surgió cuando acudió a su puesto el primer día.  
—¿Qué ocurrió?
—Imagínese. Vino a trabajar ilusionado, con la intención de comenzar una nueva vida y dejar atrás tanto dolor y sufrimiento. Y sin embargo, lo que hizo fue reencontrarse con su triste y oscuro pasado. Imagínese su cara cuando subió al autobús y vio a una quincena de niños sonrientes sentados en las butacas, esperando su llegada. El autobús escolar. Su trabajo consistía en conducir el autobús escolar. Velar por unos pobres niños como los que había asesinado. El destino puede llegar a ser muy cruel con algunas personas. En aquel entonces este pueblo no tenía colegio propio, por eso los niños de las familias vencedoras que podían permitirse el lujo de estudiar iban en autobús al colegio de frailes de la ciudad.
—Pobre, me imagino su angustia.
—Imagina usted bien, don Manuel. Aquella misma noche volvió a casa abatido. La expresión de su rostro era exactamente la misma que al regresar de la guerra. Sufría de una palidez mortal y su cuerpo temblaba. Nos dijo que no podía aguantar tamaño castigo. Quería abandonar, pero entonces hubiera dejado en muy mal lugar a mi padre, que fue quien le recomendó. Así pues, Eladio no tuvo más remedio que cargar con su pena y acudir a trabajar al día siguiente. Pero al tercer día, nadie más supo de él.  
—¿Por qué?
—Porque jamás regresó.
—¿Cómo que no regresó? ¿Dejó el trabajo? ¿Se escapó?
—Nunca más supimos de Eladio. Al menos mientras estuvo vivo. Al tercer día desapareció sin dejar ni rastro. Y lo peor es que en su camino al infierno arrastró de nuevo a más almas jóvenes, almas inocentes.
Abrí los ojos de par en par. 
—¿Se refiere a los niños del autobús?
—Me refiero al autobús entero. Desapareció. Se lo tragó la tierra.
—Pero eso es imposible. A algún lugar irían a parar. ¿Acaso no se investigó una desaparición así? ¿No salió en los periódicos? ¿No se encontró el autobús?
Aniceto negó con la cabeza, con aire melancólico.   
—Nunca los encontraron. Aquellos niños jamás regresaron a sus casas. Y el autobús no apareció por ninguna parte. Las autoridades hablaron de una conjura de los rojos, se dijo incluso que fue cosa del maquis, pero en el pueblo nunca lo creímos.
—¿Y nunca descubristeis nada acerca del paradero de Eladio?
Aniceto volvió a hacer una larga pausa. Luego carraspeó y asintió levemente.  
—Fue justo cuando se cumplió un año de la desaparición. Una tarde como la de hoy, antes del ocaso, un pastor dirigía su rebaño por la vereda en plena trashumancia. Al pasar cerca de la antigua carretera comarcal, a lo lejos, vio algo. Al principio pensó que se trataba de un reflejo del sol poniente, luego descubrió que no, que algo se acercaba a gran velocidad por la carretera levantando una densa nube de polvo. Aquel pastor no era del pueblo, solo estaba de paso, pero su testimonio no dejó lugar a dudas: había visto un autobús gris que circulaba sin ningún control. El vehículo aceleró al máximo en una recta del camino, y al llegar a la curva, en lugar de aminorar la marcha, aumentó la velocidad hasta salirse de la carretera. Cuando se adentró en tierra el autocar comenzó a tambalearse por la pendiente, sin dejar por ello de acelerar. El motor rugía como una fiera en pleno ataque, mientras sus ruedas pinchadas se deshacían entre las rocas. Dejó tras de sí un rastro polvoriento que se perdió en la lejanía. Desde entonces, aquel autobús ha sido avistado en cientos de ocasiones. Algunos testigos afirman incluso haber visto la tierra abrirse en dos y tragarse aquel amasijo de hierro junto a sus desgraciados ocupantes. Otros dicen que en las frías noches de invierno se oyen lamentos de horror entre los campos, lamentos áridos como la tierra y desconsolados como los de un niño. La leyenda popular cuenta que si te cruzas el autobús antes de la medianoche, alguna desgracia está a punto de ocurrirte. De hecho, muchos son los que han muerto tras su avistamiento, incluido aquel buen pastor, tal como nos contó su hermano durante la trashumancia del año siguiente.   
La historia de Aniceto me había dejado tremendamente impactado, pero no llegué a creérmela del todo. Sin duda, a su tío le había pasado algo terrible durante la guerra, pero de ahí a pensar que había terminado conduciendo un autobús fantasma que a menudo se les aparecía a los vecinos del pueblo, hay un abismo. No obstante, como historia fantástica me parecía perfecta, tenía mucha fuerza.
A las siete y media, cuando la noche cerrada cayó sobre nosotros, me despedí de Aniceto agradeciéndole su tiempo y me dirigí al coche con la intención de llegar al hotel de Albacete antes de las diez. Era un largo trayecto. El anciano intentó convencerme para que me quedase a dormir en la posada del pueblo, pues según me dijo no era prudente conducir en noche de luna llena. Supersticiones, me dije a mí mismo. Aniceto me ofreció incluso su casa, pero rechacé su oferta alegando que ya había reservado una habitación en el hotel. Así que caminé hasta el solar donde había aparcado, arranqué el coche y conduje hasta las afueras. La oscuridad de los pueblos de Castilla me pone los pelos de punta. El alumbrado de las calles es mínimo, solo los faros del coche y la luna me daban una cierta perspectiva del lugar dónde me encontraba. Tomé la vía de salida del pueblo y circulé por ella. Durante diez minutos no vi nada, solo un monótono campo de cereal que acabó transformándose en un solar de piedra. Al final del camino me topé con una señal de stop oxidada y me detuve. La carretera me obligaba a cambiar de dirección hacia la izquierda, y eso es lo que hice. Aceleré y seguí el rumbo, pero a pesar de ello el paisaje no mejoró. El estado del asfaltado era pésimo, con abundantes baches, zanjas y agujeros rellenos de gravilla. Pasado un cuarto de hora descubrí que me había perdido de la forma más tonta. Me puse nervioso al comprobar que no tenía cobertura en el teléfono móvil, y mi GPS, por su parte, no hacía más que calcular una y otra vez la ruta sin éxito.
Y fue entonces cuando divisé dos luces brillantes por el retrovisor. Al verlas me sentí aliviado, eso significaba que yo no era el único ser vivo que pululaba por la oscuridad de aquella carretera. Aunque bien mirado puede que sí lo fuera. Las luces se encontraban aproximadamente a un kilómetro de distancia, pero se acercaban a mí a gran velocidad. De hecho, en un abrir y cerrar de ojos las tuve detrás. Mi intención era pedirle ayuda al conductor de aquel vehículo para salir de allí. Y así lo hice: reduje la velocidad y bajé la ventanilla para hacerle una seña con el brazo. Sin embargo, cuando aquel vehículo pegó su parachoques delantero contra el trasero de mi coche, supe que no debía pedirle ayuda, sino huir de él como alma que lleva el diablo. 
      Aceleré. Los faros de aquel vehículo brillaban con una intensidad cegadora, bañando el salpicadero de mi Ford con una luz blanquecina y antinatural. Circulábamos a más de cien kilómetros por hora, pero aquel chiflado me sacudió por detrás con su gigantesco morro de hierro. En esos momentos no podía pensar con claridad, las manos me temblaban al volante, al igual que el resto del cuerpo. Pisé fuerte el acelerador, pero él también lo hizo. El morro de aquel cacharro volvió a impactar con fuerza sobre mi parachoques trasero, provocando una violenta sacudida que me dejó sin respiración. Sentí que estaba siendo arrollado, y entonces mi cerebro tomó una instintiva decisión: di un volantazo y me salí de la carretera. Por unos instantes perdí el control y me tambaleé violentamente por el mar de piedras hasta que mi coche se detuvo. Mientras el airbag saltaba, giré la cabeza con rapidez y miré hacia la carretera. Durante unas milésimas de segundo, la luna alumbró un amasijo de hierro gris perdiéndose en la oscuridad.


lunes, 24 de octubre de 2016

ALMA NOCTURNA (RELATO) #historiasdemiedo @zendalibros

Ya son más de las doce cuando me asomo a la ventana. La noche es fría, húmeda y reconfortante. La luna llena vierte sus rayos de luz plateada sobre los techos de la ciudad. Las calles descansan en completo silencio, libres del ajetreo diurno. En la farola solitaria de la esquina, varios insectos revolotean alrededor de la luz amarillenta. Uno de ellos se quema en la bombilla y cae sobre la acera, junto a un gato negro que rebusca en la basura. El felino, al percatarse, se abalanza sobre el insecto moribundo y lo engulle sin miramientos. La vida sigue su ciclo.
     Mi barrio es oscuro, tenebroso y marginal, pero posee una belleza inquietante. Los antiguos edificios de ladrillo encierran tras sus puertas vidas sórdidas, vidas forjadas al amparo del miedo. El viejo almacén de la esquina lleva veinte años abandonado, pero no del todo inhabitado. De vez en cuando brotan gruñidos de su interior. Conozco perfectamente a sus habitantes, pero no tengo ninguna intención de volver a encontrármelos. Hoy es la Víspera de Todos los Santos y parecen más furiosos que nunca.   
     Escucho el rumor del camión de la basura en los barrios bajos. Botellas que se rompen, plásticos que se aplastan. Los murciélagos aletean por la fachada. Los perros aúllan en la lejanía, componiendo una bella sinfonía nocturna. Al final de la avenida diviso el cementerio, y sumergidas en las tinieblas distingo las hileras de tumbas, alineadas bajo los cipreses hasta el más allá. Hace días que no arden fuegos fatuos entre las lápidas. Enciendo un cigarrillo y me apoyo cabizbajo en la cornisa de la ventana, disfrutando del espectáculo de sombras y rumores entrecortados que me envuelven. No puedo pensar en nada. En realidad, hace muchos años que no puedo hacerlo. 
     De pronto, unos tacones repican abajo, sobre la acera. Una joven cruza la calle a paso ligero, huyendo de la oscuridad. Saca las llaves para abrir el portal, pero antes levanta la cabeza y repara en mi presencia. Yo le clavo la mirada sin titubear, hasta adueñarme por completo de su conciencia. Y entonces, el tiempo se detiene para ella. Siento su respiración agitada, puedo oler el miedo en su rostro. Cuando le sonrío, mostrándole mis afilados colmillosla joven corre hacia su portal mientras una espesa niebla la envuelve y le hace perder el conocimiento. Su grito resuena en todo el vecindario, pero pronto regresa el silencio a las calles. Los vecinos atrancan puertas y ventanasse refugian en sus habitacionesen sus camasdonde esperarán a salvo la luz del día. Yo, en cambio, me quedaré viviendo en la noche. Y es que me gusta la noche. Es bella y espectral. Es un lóbrego manto teñido de estrellas. Una dulce y peligrosa dama que me hizo lo que soy. Es mi don, mi maldición y mi redención. Mi último refugio.

#historiasdemiedo
     

© De la imagen: Fright Night (1985)


domingo, 23 de octubre de 2016

jueves, 4 de febrero de 2016

¿POR QUÉ ESCRIBEN LOS ESCRITORES? 5 RAZONES

 ¿Te gusta escribir? ¿Has escrito alguna novela? ¿Escribes relatos? ¿Inviertes tu tiempo en crear personajes e inventar historias? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es sí, te doy la enhorabuena. Eres uno de los nuestros, y te mereces todo el respeto del mundo. Ahora bien, ¿alguna vez te has parado a pensar por qué lo haces? ¿Esperas algo a cambio? ¿Lo haces por dinero? ¿Lo haces por pasar el rato? ¿Necesitas que los demás te lean? ¿O eres de esos que escribiría incluso estando solo en una isla desierta? Las motivaciones que mueven a un escritor son múltiples. En realidad, hay tantas como escritores en el mundo. En este artículo intentaré nombrar las que considero más relevantes y daré mi visión particular. 
    
1. Por dinero. La más obvia, pero también la más mundana. Si hiciéramos una encuesta, pocos serían los escritores que empezaron a escribir por esta razón, pues el oficio de escritor, sobre todo en España, siempre ha estado relacionado con la bohemia y el pasar hambre. Únicamente si eres un escritor de mucho éxito escribirás por dinero. Serás uno de esos pocos elegidos. Y tampoco se te podrá reprochar nada por ello.

2. Para vivir otras vidas. Otra de las respuestas clásicas. Muchos escritores afirman escribir para vivir otras vidas que no pudieron o no quisieron vivir (y lo mismo se puede decir de sus lectores). Hay por ahí un montón de novelas con personajes que son futbolistas, astronautas, exploradores o periodistas por la simple razón de que las personas que las escribieron soñaron alguna vez con serlo pero no lo lograron.   

3. Porque me gusta. Es una respuesta simple, pero que cae por su propio peso. No olvidemos que hay escritores que escriben por el mero hecho de escribir, porque disfrutan inventando historias, es como un hobby que les relaja. Por lo general, este tipo de escritores no esperan nada a cambio, se conforman con terminar su historia y tal vez escuchar las opiniones de sus familiares y amigos. Publicar no siempre es el objetivo de un escritor. 

4. Por necesidad. Hay gente que se engancha a las drogas, otros se enganchan a escribir. Para algunos, escribir es como una droga, y al contrario de lo que puedas pensar, esta droga no tiene nada de malo. De hecho, escribir puede ser una especie de autoayuda, mucho más eficaz de lo que crees. No conozco a ningún escritor que se haya vuelto loco por culpa de escribir, al contrario: muchos han enloquecido por dejar de hacerlo. La literatura puede ser una vía terapéutica de exorcizar demonios y sustituir así al psicoanalista. ¿Alguien sabe lo que te pasa mejor que tú? Escríbelo. Este punto enlaza directamente con el siguiente, es decir… 

5. Para superar miedos y traumas del pasado. Esta es una de mis favoritas, y una de las razones por las que empecé a escribir. ¿Alguna vez has pasado por una situación que te hubiera gustado que fuera diferente? ¿Te quedaste con las ganas de tener una conversación con alguien? Este es el caldo de cultivo de la literatura. ¿Te da miedo algo? Quizás puedas canalizar esto a través de tus personajes. Por ejemplo, yo escribí mi novela La isla de Mario, entre otras razones, para enfrentarme al miedo que me daba subir a un avión y viajar a lugares lejanos. ¿He superado mi miedo? Pues no del todo. Pero gracias a ello tengo una novela más publicada. ¿No es maravilloso?  

¿Y tú? ¿Por qué escribes?


lunes, 9 de noviembre de 2015

NUEVA PORTADA PARA 'LA ISLA DE MARIO'

La isla de Mario' debuta en Amazon, y lo hace con una nueva portada que refleja mejor el espíritu de la novela. El artista es el mismo que el de la primera, el ilustrador Joaquin Porcar Díaz, conocido también por su nick Caffeine Artwork. ¿Os gusta el diseño?



martes, 21 de julio de 2015

TÚ ERES EL PROTAGONISTA

     Dicen que para un escritor novato, lo lógico es que le lean primero sus familiares y sus amigos, y luego, a partir de ahí, ir creciendo y darse a conocer a nuevos lectores. Yo no lo creo así. De hecho, para mí es justo al contrario. Es mucho mejor ser leído primero por desconocidos. ¿Por qué? Porque ellos son los únicos que te darán una opinión sincera de tu novela. Son los únicos que la leerán sin prejuicios. Los únicos que no se buscarán entre las páginas. Los únicos que se la leerán si de verdad les interesa, y no por obligación. Pero ¿y tus familiares? ¿Y tu círculo de amistades? ¿Y tus ex novias? ¡Uf! Ahí hay algo que no huele bien. Conozco a muchos autores que escriben en secreto precisamente porque les da vergüenza mostrar sus historias a los más allegados. Y yo comprendo perfectamente sus razones. A mí, en concreto, cada vez que termino una novela, los familiares y los amigos me preguntan lo mismo: “¿el protagonista eres tú? Es que me recuerda mucho a ti”. Ya os adelanto que es imposible escapar al San Benito. El escritor está condenado a ser confundido con el personaje de su novela. Así que si eres muy aprensivo, ten cuidado con lo que escribes.

LA VERDADERA LECTURA QUE HARÁN DE TU NOVELA

Si por casualidad la historia guarda algún tipo de paralelismo con tu vida real (por ejemplo, si el protagonista tiene padres, amigos, novia) ya la has liado. Serás tomado por un exhibicionista de tu vida privada. Da igual que ese personaje sea un alienígena venido del futuro para exterminar a la humanidad. Si ese protagonista, por poner un ejemplo, es impotente, la gente de tu entorno pensará (pero sin dudarlo ni un segundo) que tienes problemas en la cama. Si ese personaje tiene una novia, leerán tu libro como si ese personaje fuera tu novia de la vida real (o cualquiera que hayas tenido en el pasado, en caso de que ahora no la tengas). Si en tu novela salen malparados unos padres o unos suegros, atente a las consecuencias (cuidado con la herencia, chico). Si creas un personaje homosexual en tu historia, significa que encierras una homosexualidad latente que no te atreves a confesar. Si la cosa va de un personaje que da pena, tú también la darás. Si el prota es un ladrón, es que algo has robado alguna vez. Si relatas la historia de una infidelidad, es que algo malo le has hecho a tu chica. Si te vienes arriba y creas un personaje que es el puto amo, te acusarán de vanidoso. Si la protagonista de tu historia es una mujer (y tu eres un tío, o viceversa), estás dando rienda suelta a cierto travestismo mental que quizás delate otro travestismo físico. Y si creas a un personaje con un miembro viril de 30 centímetros… significa que has metido a Nacho Vidal en tu novela.
Llegado el caso, tú te defenderás con la frase comodín del escritor: “no, no, es que el protagonista de la novela no soy yo”. Entonces, el familiar o el amigo de turno esbozará una sonrisa y guardará silencio. Lo que no te dirá es lo que está pensando:



“¡NO POLLAS!”



La forma de pensar de tu querido lector amigo/familiar es simple: "lo que leo ahí es tu vida, y punto. La puedes haber disfrazado más o menos, pero a mí no me engañas". 



LA ETERNA CONFUSIÓN ENTRE AUTOR Y NARRADOR

Me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que el 99 % de los escritores del mundo han sido confundidos con el protagonista de su novela. Pero es que nos gusta pensar así, admitámoslo, porque somos morbosos. Stieg Larsson, el autor de la saga Millenium, era un periodista sueco al igual que su personaje Mikael Blomkvist. Seguro que cuando su padre leyó Millenium pensó que algo guarro habría hecho su hijo con una punky. El Dr. Watson, que narraba en primera persona las aventuras de su amigo Sherlock Holmes, era médico, igual que Sir Arthur Conan Doyle. Pues ya está. Más claro el agua: Conan Doyle fantaseaba con ser detective y se puso como el ayudante de Holmes. Quizás se aburría mucho el hombre. Dicen que Mario Puzo, el autor de ‘El Padrino’, tenía contactos con la mafia italiana de Nueva York, incluso que perteneció a ella. Para mí que fueron sus colegas los que se encargaron de esparcir el rumor por el barrio. Bret Easton Ellis debió de horrorizar a sus familiares y tuvo que quedarse directamente sin amigos cuando narró las aventuras de Patrick Bateman, el carnicero misógino de American Psycho. ¿A quien quería engañar? Ese lunático se quería cargar a todo el mundo, y como no se atrevía a hacerlo en la vida real lo escribió con todo lujo de detalles. Maldito loco. Y bueno, qué decir de E.L. James, la autora de ‘50 sombras de Grey’. Da igual que tenga dos hijos adolescentes y un marido desde hace 20 años: a esa chiflada habría que encerrarla. En fin, y así seguiríamos hasta mañana. Sólo falta que alguien venga diciendo que Superman lo inventó un tío muy fuerte que le gustaba ayudar a los demás.
Al final, escribir puede llegar a dar bastante asco por motivos de este tipo. Quizás por eso sólo escriben los que realmente sienten vocación y necesidad. Tú, como autor, te has sumergido en un proceso creativo queriendo sacar la mejor versión de una historia, y da rabia que luego vengan a socavarte la moral los que se supone que más deberían apoyarte. Porque, seamos sinceros de una vez: los familiares y los amigos no son la clave del éxito para un escritor. Son importantes, no hay duda, y hasta pueden sacarte las castañas del fuego comprando 100 ejemplares el día de la presentación de tu libro, pero por lo demás, suponen una barrera psicológica que debes romper para seguir adelante. Si uno logra traspasarla, probablemente habrá triunfado como escritor. A mí, a estas alturas, me importa un bledo lo que piensen de mis novelas los que me conocen. Yo seguiré escribiendo, y ninguna de sus opiniones me detendrá. Lo que tengo muy claro es que yo no escribo para contentar a mi madre, ni a mis amigos, ni a mis seres queridos. Para eso ya está Jorge Bucay.    
  Para acabar, una reflexión: ¿cuál es la única vez que tus amigos no te tomarán por el protagonista de tu historia?    
He acabado un nuevo relato –le digo a mi amigo Rafa–, ya te lo pasaré. 
No me digas –me contesta él, haciéndome saber con su escéptico tono de voz que mi actividad literaria se la trae floja.   
Sí. Es un poco subidito de tono ¿sabes? Quiero aprovechar el filón de ‘50 sombras de Grey’.
¿Y de qué va?
De un tío que se lo monta con cinco tías a la vez.
Rafa sonríe sarcásticamente. 
Colega, ¡eres un fantasma!